Una vez estando en casa de Pancho la puerta casquilleó en el seco golpe del visitante seguro y en cuanto el presidente vecinal activó el gesto de incorporar al llegado a la mesa limpia de la noche en la Menzel me vi saludado por los mismos policías que esa tarde forcejearon con nuestro parque de juego infantil que le arrancamos a un sitio eriazo y alcohólico en pleno seno de nuestra población de entonces que se llamaba independencia 2, como si supiera que con una no basta. Esos forcejeos no eran como los de la dictadura y nosotros nos salimos con la nuestra y los policías debieron volver al cuartel y luego volver a salir al trabajo y volver a visitar las poblaciones valdivianas para tratar de dar alguna compañía segura a los callejones olvidados de nuestras privatizadas luminarias. Ahí estábamos los cuatro mirándonos, saludándonos igual de frágiles los cuatro en medio de la noche de la mesa limpia de la Menzel tratando de ser gentes entre tanto animal embrabecido. Lo conté sólo a mis sueños pero esa noche comprendí que en la Menzel no quedaba otra que mirar a los ojos, que por ahí pasaba desde la intervención política a la policial si se me permite la redundancia.
De ahí fue que miré por primera vez estas miradas de las sombras de la calle, de las esquinas descoloridas que se pasan los datos del día mientras se niegan a contar las confidencias de la noche, ahí se practica el secreto de confesión y los ojos lo siguen diciendo todo, todo lo que se puede decir. Entonces la portada del libro de la Menzel no podía ser otra que una mirada, tenía que volvernos a encontrar de cara con el tiempo que fue el gran perseguido de nuestros ancestros, los intelectuales. Volvemos a este tiempo de caricias asfálticas y olor a leña no certificada y nos miramos en los pobladores y no en sus clérigos, en el tiempo que guardó la existencia en el ahí, el ahí de entonces cuando la tierra era lodo y la ruca llevaba nombre de guerra setentera, de napalm, de agente naranja , la misma mierda de guerra que el mismo mierda quiso nos dar o darles a esas miradas de lo que ahora llamamos la Menzel. De calle a selva, de Vietnam a la Corvi se alcanzó a respirar el mismo aire por lo que me han contado. Esa historia nos trae el libro de la Beño, y por eso hay que leerlo en las radios y en los diarios y en las esquinas y las movidas, hasta que se sepa que en tales reductos manda la mirada seas policía o plebeyo, si se me permite la redundancia.
Vuelvo a la portada del libro, y a que no pudo ser otra porque lo dice todo, lo que pasó o no pasó, y lo que viene, lo que se sigue agazapando en las letras de las grabadoras y las máquinas offset para asaltarnos a plena luz, pidiéndonos leerles. La Menzel nos acorraló entre sus tiempos y nos deboró en este libro sicodélico que habla de mundos de metáforas. Pídalo en su librería.

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