
No sabíamos nada. Desde el inicio no estaba claro que habría que encaramarse a muros históricamente compactos que nos acompañan tradicionalmente sobre la relación entre nosotros y el medio ambiente. Abrir nuestras puertas a kilómetros al noreste para tocar otras puertas ajenas, inmensamente lejanas no estaba libre de aventura. El impulso era básicamente el de la imagen, de poder mirar cara a cara espacios y habitantes que siempre tuvimos seguros y ahora sentíamos amenazados por una acidez en el aire de las madrugadas que podían ponernos de rodillas o decidirnos a partir carretera arriba. Como en la literatura, el factor humano no siempre está fuera, externo, lejano, sino es la parte de nosotros que siempre esperamos para que haga la diferencia.
Luego, la condiciones de producción de un trabajo de investigación pequeño ya era un desafío inesperado. Malabarismos de nuevo cuño sólo podían ser asumidos por los que lo hicieron. Nuevas formas de malestar en nuestras culturas, la condición humana puesta a prueba, la vergüenza hecha formulario de postulación, algo hay que hacer y haremos lo que sabemos hacer, un esfuerzo proyectístico que en su marco lógico trate de mirar a la cara tanta razón práctica echando humo diox-cínico.
Por eso el proyecto Raluya. Por todo lo que no sabíamos, por todo lo que ignorábamos que pudiese estar ahí ahogándose en un absceso de asma, cabía inventar una forma de entender que el deber no es siempre ir al encuentro de la verdad sino de la incerteza, la de nuestras vidas, la de nuestras centralidades en lo que hemos llamado ingenuamente vida.
No se me ocurren otros motivos así es que les contaré de otra manera esa historia, paso a paso, tratando de ordenar lo que nosotros mismos escribimos en ese trayecto entre momentos de incerteza máxima, viviendo la trayectoria isabelina del Chile actual que está muy lejos de ser un mito, lamentablemente.
Luego, la condiciones de producción de un trabajo de investigación pequeño ya era un desafío inesperado. Malabarismos de nuevo cuño sólo podían ser asumidos por los que lo hicieron. Nuevas formas de malestar en nuestras culturas, la condición humana puesta a prueba, la vergüenza hecha formulario de postulación, algo hay que hacer y haremos lo que sabemos hacer, un esfuerzo proyectístico que en su marco lógico trate de mirar a la cara tanta razón práctica echando humo diox-cínico.
Por eso el proyecto Raluya. Por todo lo que no sabíamos, por todo lo que ignorábamos que pudiese estar ahí ahogándose en un absceso de asma, cabía inventar una forma de entender que el deber no es siempre ir al encuentro de la verdad sino de la incerteza, la de nuestras vidas, la de nuestras centralidades en lo que hemos llamado ingenuamente vida.
No se me ocurren otros motivos así es que les contaré de otra manera esa historia, paso a paso, tratando de ordenar lo que nosotros mismos escribimos en ese trayecto entre momentos de incerteza máxima, viviendo la trayectoria isabelina del Chile actual que está muy lejos de ser un mito, lamentablemente.
"Crisis ecológica global: El desarrollo de una nueva conciencia ambiental"
Carlos Oyarzún
El Ciudadano, año II, nº 35, septiembre 2006. p. 30.
Carlos Oyarzún
El Ciudadano, año II, nº 35, septiembre 2006. p. 30.
Los inicios de la llamada Revolución Ecológica en la década del sesenta ha sido usualmente relacionada con la publicación del libro Silent Spring (1962) de Rachel Carson. Esto significó la profundización de una nueva conciencia ambiental global. El libro trata sobre las consecuencias ambientales del uso indiscriminado de pesticidas pero, más profundamente, cuestiona la dirección y objetivos de la sociedad industrial, incluyendo la competitividad humana y el “derecho” a dominar y manejar los ecosistemas. En términos generales, propone un cambio filosófico frente al antropocentrismo de la cultura occidental ya que “el control sobre la naturaleza” es una frase concebida con arrogancia en la creencia de que la naturaleza existe para la conveniencia sólo de los humanos.
La crisis ambiental, expresada a través de la degradación de los ecosistemas y la extinción de las especies, es considerada fundamentalmente una crisis del pensamiento filosófico antropocéntrico, donde los seres humanos se consideran superiores al resto de la naturaleza. El reconocimiento por parte de muchos filósofos, biólogos y ambientalistas de que la actual crisis ecológica tiene raíces culturales profundas, ha significado el crecimiento de una nueva visión ecocéntrica (Sessions 1995). Esta postura hacia la naturaleza, significa, entre otras cosas, reconocer el valor intrínseco de la existencia de todos los seres vivos en el planeta y la responsabilidad que le cabe a los humanos en la protección de todos ellos.
Sin embargo, paralelo al desarrollo de esta nueva ecofilosofía de finales del siglo XX, la destrucción ambiental se ha incrementado dramáticamente. En los años 80, aparecieron problemas ambientales globales tales como la destrucción de la capa de ozono y el cambio climático global y se intensificaron otros como la desertificación, la contaminación del aire, el agua y el suelo, la contaminación de los océanos, la deforestación de los bosques tropicales y templados y la tasa de extinción de especies.
Lo paradojal es que los líderes políticos y las élites económicas continúan presionando fuertemente por el crecimiento económico ilimitado, manteniendo y profundizando el voraz consumo de recursos naturales limitados. El consumismo en el mundo occidental, extendiéndose en la actualidad al mundo oriental, se ha convertido en una adicción y un estilo de vida. En 1992, Sandra Postel argumentaba -en el artículo titulado “Denial in the Decisive Decade”- que estamos en un estado psicológico de negación concerniente a la seriedad y magnitud de la crisis ecológica. Un ejemplo de este estado de negación es como la industria ha sido capaz de convencer a mucha gente de que si ellos reciclan estarán haciendo su parte para el ambiente; mientras ésta continúa con sus prácticas de producción ambientalmente destructivas. Según Broswimmer (2005) vivimos en una era de ecocidio, atrapados en algún punto entre un pasado industrial destructivo sin parangón y un futuro incierto que nos ofrece tanto el espectro de la aniquilación como la promesa de una democracia ecológica. El desafío planteado es enorme, y pareciera que será superado sólo si nos movemos desde nuestra actual orientación antropocéntrica hacia valores espirituales ecocéntricos.
La crisis ambiental, expresada a través de la degradación de los ecosistemas y la extinción de las especies, es considerada fundamentalmente una crisis del pensamiento filosófico antropocéntrico, donde los seres humanos se consideran superiores al resto de la naturaleza. El reconocimiento por parte de muchos filósofos, biólogos y ambientalistas de que la actual crisis ecológica tiene raíces culturales profundas, ha significado el crecimiento de una nueva visión ecocéntrica (Sessions 1995). Esta postura hacia la naturaleza, significa, entre otras cosas, reconocer el valor intrínseco de la existencia de todos los seres vivos en el planeta y la responsabilidad que le cabe a los humanos en la protección de todos ellos.
Sin embargo, paralelo al desarrollo de esta nueva ecofilosofía de finales del siglo XX, la destrucción ambiental se ha incrementado dramáticamente. En los años 80, aparecieron problemas ambientales globales tales como la destrucción de la capa de ozono y el cambio climático global y se intensificaron otros como la desertificación, la contaminación del aire, el agua y el suelo, la contaminación de los océanos, la deforestación de los bosques tropicales y templados y la tasa de extinción de especies.
Lo paradojal es que los líderes políticos y las élites económicas continúan presionando fuertemente por el crecimiento económico ilimitado, manteniendo y profundizando el voraz consumo de recursos naturales limitados. El consumismo en el mundo occidental, extendiéndose en la actualidad al mundo oriental, se ha convertido en una adicción y un estilo de vida. En 1992, Sandra Postel argumentaba -en el artículo titulado “Denial in the Decisive Decade”- que estamos en un estado psicológico de negación concerniente a la seriedad y magnitud de la crisis ecológica. Un ejemplo de este estado de negación es como la industria ha sido capaz de convencer a mucha gente de que si ellos reciclan estarán haciendo su parte para el ambiente; mientras ésta continúa con sus prácticas de producción ambientalmente destructivas. Según Broswimmer (2005) vivimos en una era de ecocidio, atrapados en algún punto entre un pasado industrial destructivo sin parangón y un futuro incierto que nos ofrece tanto el espectro de la aniquilación como la promesa de una democracia ecológica. El desafío planteado es enorme, y pareciera que será superado sólo si nos movemos desde nuestra actual orientación antropocéntrica hacia valores espirituales ecocéntricos.
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